martes, 10 de mayo de 2016

DON BENITO (1ª parte)

                                                                  BERDUCEDO

     Era por Mayo.Viernes. Ya lejano el invierno, las vacas pastaban libres entre los brezos y retamas. Todo se cubría en un juego de colores verdes y amarillos, con las flores abiertas al Sol.
     Por la carretera estrecha subían despacio, girando con esfuerzo en cada curva de aquella calzada de muchas piedras y asfalto escaso y horadado. Por delante un pequeño camión de mudanzas renqueaba en cada cuesta; tras él, apenas rozándolo, un taxi negro de llantas embarradas. Desde Oviedo venían, agotados, en un viaje de pocos kilómetros pero eterno a pesar de la corta distancia que en el mapa se auguraba.
      Avanzaron por entre las casas y, con más rapidez, como adivinando el final de trayecto, enfilaron hacia la iglesia, cruzaron el puente y se detuvieron a la par de la rectoral. Del camión surgieron un hombre robusto de mediana edad y un joven menudo y lampiño. Del otro automóvil se apearon tres sombras delgadas y pálidas. La primera en descender fue la señora de aire altivo, enlutada hasta en el rostro; después lo hicieron otras dos personas, también de aspecto fúnebre.
     Ella era Blanca. Y blanca era en su piel y en su mirada. Sus ojos azules de joven de alma limpia observaron el lugar como queriendo memorizar cada espacio. Venía de negro riguroso, como su madre. Él era Benito; su sotana nueva y su delgadez delataban el poco tiempo que había transcurrido desde su ordenación. Aquél era su primer destino. Tenía en sus gestos un aire de nobleza antigua, de señor feudal o de obispo de otros tiempos. Sus ojos, claros como los de su hermana, recorrieron sin prisa el paisaje que se le mostraba.
     La descarga fue lenta, cautelosa. La matrona no cesaba de dar instrucciones para que no se dañase ninguna cama, ningún armario, ninguna silla. Los muebles de madera de castaño, tallados con paciencia por algún ebanista experto de la capital, fueron poco a poco posados y distribuidos en los cuartos de aquella vivienda de paredes amarillentas y desconchadas. Entraba por las ventanas una luz suave en la que se adivinaba la cercanía del estío.
     Ya vaciado el camión y recogidas las cuatro maletas de cartón, la madre se les acercó, sugirió algunos consejos a los que asintieron con la cabeza gacha, se dio media vuelta, pagó a los transportistas y volvió a embarcarse en el taxi. La vieron partir desde aquella puerta teñida de azul oscuro.
     Se quedaron solos. En silencio repasaron cada habitación, y con parsimonia comenzaron a montar y a ubicar los muebles. Al terminar el día cada lugar de aquella casa había cobrado vida nueva. Vida nueva para seres nuevos.
     El Domingo llegó. Desayunaron temprano, de pie, junto a la cocina de leña. Después Benito descendió hasta la iglesia, hizo sonar la campana anunciando la Misa y avanzó por entre los bancos hasta alcanzar la sacristía. Observó los techos, sintió tristeza; las losas de pizarra se abrían en algunos tramos y dejaban entrever la luz exterior. Se detuvo ante las imágenes de San Roque y Santa Isabel, carcomidas y descoloridas. Suspiró.
     - Demasiado tiempo...... - se dijo a sí mismo.

7 comentarios:

  1. Es un lugar con encanto, lo conozco.
    Inspira!
    Continuemos entre verde, montaña y traca.

    ParaiSo

    Mi abrazo de luz ✴

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    Respuestas
    1. Pues aqui llegué con 3 meses y me fui para no volver con 6 años. Aún siendo tan miño tengo recuerdo muy claros de todo el lugar. Ahora quiero volver, y quiero que sea, si nada lo evita, el próximo mes. Después de casi 50 años....
      Si.... Parece el ParaiSo.
      Que tu día sea pleno. Te sonrío con el Alma. Namasté.

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    2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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