miércoles, 11 de mayo de 2016

DON BENITO (2ª parte)

                                                                  BERDUCEDO

     Mi madre planchó aquella mañana con hierro y carbón  nuestra ropa de fiesta. Pantalón gris de media pierna, camisa blanca, calcetines altos, zapatos de charol y chaleco de lana en verde oliva. Nos vistió, peinó, reparó después su moño tan similar al de Evita y se ajustó su mantilla negra. Salimos asidos a ella, cuesta abajo. El cielo se encapotaba lentamente, nubes grises lo recorrían urgentes.
     Mi hermano no cesaba de brincar alrededor de la capilla, saltando entre las piedras, abrazado alternativamente al abeto o al tejo. Y en un arrebato echó mano a la cuerda que hacía repicar la campana y tiró con fuerza varias veces. El eco devolvió el sonido. El gesto de madre fue de sorpresa, lo miró fijamente y en una carrera ligera trató de acercarse a él. Huyó, botando, entre asustado y risueño.
     Permanecí en una esquina observando la persecución, como si de un juego se tratase.
     Entonces lo conocí. Llegó raudo, con la casulla blanca recién puesta, preguntándose qué había sucedido. Por un instante me miró, pero continuó caminando hasta que se encontró con los dos. Se detuvieron. Madre se quedó estática, delante de él, y balbuceando se excusó.
     - Perdone, señor cura. Fue el crío. Tiró de la cuerda.
     Se quedó pensativo. Observó alternativamente a cada uno de ellos, y asintió.
     - ¿Qué edad tiene?.
     - Tres años y medio - replicó mi madre, apesadumbrada.
     - No se preocupe, señora. Es solo un niño. Es normal.
      No reparó en nuestro gesto de sorpresa.. Giró sobre sí mismo y volvió a entrar camino del ábside. Allí permaneció, ordenando los cálices y paños.
      Poco a poco los bancos se fueron poblando de feligreses. Las mujeres y los niños se situaban delante, los hombres buscaban la seguridad de la puerta principal para  poder hablar en susurrros de lo sucedido durante la semana. Pero este Domingo era diferente. Todos querían conocer al nuevo párroco.
      El reloj de péndulo marcó las doce. Benito asomó por el lateral y se situó ante el altar. Los feligreses se pusieron de pie. Se encontró atrapado de repente por un miedo atroz. No era su primera Misa,, pero sintió un nudo en la garganta y sudor en las manos. Arrancó, mal como pudo. Titubeaba, sintió murmullos. Pero se armó de paciencia y, poco a poco, aquella sensación se diluyó.
     En el cielo las nubes se iban comprimiendo y oscureciendo. Ya apagaban la luz del Sol.
     Llegó el instante de la consagración. Alzó la hostia, la partió y, en el momento en que la introdujo en su boca, comenzó el diluvio. Arrancó a caer con fuerza, golpeando el tejado en un chaparrón sonoro. Las aguas comenzaron a penetrar dentro de la iglesia. Primero fueron pequeñas goteras junto a la capilla de San Roque, después se extendió por el pasillo central,  y finalmente ya simulaba una inundación. Los parroquianos no se inmutaron, continuaron en sus puestos, callados, escuchando el oficio. A Benito le volvió a doler el alma.  

6 comentarios:

  1. Cuando duele el alma, se desenmascara al silencio. Y el reloj toma la contra+partida de nuevo

    Un saludo✴

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  2. Respuestas
    1. Si. Quiero seguir escribiendo historias cortas que puedan ir conjuntas sobre esos paisajes y personas. Ya hay otro cuento preparado. Un abrazo.

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    2. Si. Quiero seguir escribiendo historias cortas que puedan ir conjuntas sobre esos paisajes y personas. Ya hay otro cuento preparado. Un abrazo.

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    3. Ahh. Y el final de este relato ya lo puedes leer. Acabo de publicarlo.

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    4. Ahh. Y el final de este relato ya lo puedes leer. Acabo de publicarlo.

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