jueves, 12 de mayo de 2016

DON BENITO (3ª parte y final)


     Aquel mediodía apenas probó los platos que Blanca había preparado. De vez en cuando se quedaba absorto, con sus ojos perdidos en un punto inconcreto. Ella, tras observarlo un buen rato de reojo, optó por preguntarle qué le sucedía. Él no la miró, sólo respondió.
     - La iglesia..... ¿Qué puedo hacer?.
     Pasó el día entre rezos y silencios. Al caer la noche, Benito seguía ensimismado. Blanca lo dejaba estar, también callada, hasta que en un momento atrapó su mano posada en el mantel, lo miró con dulzura y le dijo.:
     - Tranquilo, hermano. Lo harás bien.
     La noche se le hizo larga, pesada. El sueño no quería acercarse a él, lo despreciaba. Giró cientos de veces en la cama, suspirando y hablando en voz baja. A las seis de la madrugada, cansado de no descansar, se embutió en su sotana, y salió al exterior.
     El amanecer le sorprendió en el atrio. Entre las montañas se esparcía la bruma. Sacó del bolsillo del pantalón una pitillera, y con paciencia ritual lió el primer cigarro del día. La mañana era fresca.
     Respiró profundamente. Miró hacia arriba. Y se decidió. En un lateral se situaba una escalera herrumbrosa, adherida a la pared. Por ella subió despacio, asegurando cada pie para no caerse. El tejado estaba resbaladizo, la luz del alba era escasa. Allí se encontraba, tratando de situar lo mejor posible las piezas de pizarra, buscando cada espacio hueco para rellenarlo. El trabajo se hacía complicado. Faltaban lajas, y sus manos no estaban acostumbradas a aquellas tareas. Al cabo de una hora el sudor le corría por la frente; se despojó de la sotana. La espadaña hizo de percha improvisada.
     Salió el Sol. En él, sombra delgada, se reflejaba el esfuerzo. Por momentos se desesperaba, cada vez que trataba de cubrir un hueco otro nuevo aparecía sin remisión. Sus pies no se sentían seguros, y sus manos manchadas estaban ya surcadas de arañazos, tierra y musgo.
     Más allá del río comenzó a escucharse el ronroneo de las ruedas de un carro de bueyes. Atados por el yugo a la testuz, con el caminar lento, avanzaban por el sendero enlodado por la lluvia del día anterior. Al lado, con el cayado sobre el hombro, Celedonio acompasaba su ritmo al de los animales.
     - Buenos días tenga usted, Don Benito.
     Con gesto agotado, lo miró. No sabía quién era, pero a él ya lo conocían por su nombre. Respondió.
     - Buenos días.
     Celedonio se detuvo entonces. Los bueyes también.
     - ¿Necesita ayuda?.
     Dudó qué decir, hasta que replicó resignado.
     - Si. Pero este tejado esta fatal. Falta de todo. No sé por dónde comenzar.
     El labriego no se inmutó.
     - Bueno. Vengo ahora.
     Y aquel carro viejo, aquel hombre viejo, aquellos bueyes viejos, reiniciaron su camino. Se fueron alejando, envueltos en el sonido constante del eje de las ruedas.
     Benito  no lo comprendió. Pero al cabo de media hora el mismo sonido acompasado de madera y hierro volvió para hacerse a cada instante mas cercano.
     Regresó con dos muchachos. Traían en su retorno unas cuantas piedras de pizarra de forma irregular que fueron depositado ordenadas y apoyadas en la hierba aledaña a la escalera. Después, a voz en grito, el rapaz mas fornido le pidió a Benito que bajase del tejado.
     - Señor cura, mejor que se venga para aquí.
     Recogió la sotana y obedeció sin rechistar. Al posar sus pies en el suelo se inició el relevo. El anciano y el mas joven de los chicos subieron, mientras que el otro se quedó a media altura de la pared, con un pie en un peldaño y otro en el aire.
     - Don Benito, vaya usted pasándome las piezas.
     Obedeció. El trabajo se aceleró. Con orden la techumbre fue componiéndose como en un puzzle. Cada piedra que subía encontraba su encaje, cada instante que pasaba el negro opaco iba cubriendo hasta el último espacio vacío.
     El Sol brillaba sobre ellos. En la piel tenían la sensación de un calor tibio y tierno. Soplaba un viento ligero que hacía temblar las hojas de los tejos.
     Terminaron. Los dos hombres descendieron para reunirse con sus vecinos bajo el alero de la puerta principal. Benito rebuscó de nuevo en sus bolsillos tratando de localizar su pitillera, pero no la encontró. El viejo hizo lo mismo, extrajo una cajetilla de tabaco negro sin filtro y se la entregó al clérigo.
    - Gracias....
    - Celedonio, señor cura, así me llamo.
    Y Don Benito sonrió. Después de mucho tiempo, de muchos días, volvió a sonreír.
   

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