miércoles, 8 de febrero de 2017

ALBACEA DE UN CAFE


Mis mañanas siguen siendo liturgia de siluetas,
yo albacea en su silencio y propietario al amanecer
de un café que me arde en los labios,
reposado entre las hojas de un diario
donde permito que floten dudas y verdades
ocultas entre párrafos de papeles arrugados
tras la caricia de mis dedos.

Desprendo de las páginas remiendos de ideas
sobre una mesa pequeña en la que estiro el tiempo,
remuevo pensamientos de ajetreo de cucharas
dentro de una tacita blanca
convertida en continente de impresiones.

Afuera me llama el paso
de la villa que contrae en sus arterias
la sangre de murmullo rancio de paredes
como gruta y ruta enmarcadas de verdín,
afuera se distrae la bruma sobre piedras longevas,
corren sombras ambidiestras
y el río parece querer hervir de mansedumbre
disfrazado de humareda,
afuera me grita la llamada del viento
rescatando en una arboleda de diásporas
el amor de mica y cuarzo.

Cuando se anuncie la holgura del Sol
volverá para esperarme
la lectura de los renglones rectos de la vida.





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