sábado, 24 de junio de 2017

CANCIÓN DE FINAL DE RUTA



Cuando la Luna se agriete
dejará un reguero denso tras de mí,
una señal intermitente en la que veré correr
el acerbo antiguo de mis oraciones.

No castraré el tiempo con demandas
ni reclamaré presencias,
levantaré paciente sobre el laberinto de los años
el confín y frontera de mis indultos.

Sentado sobre el banco de las ideas
cataré el vino dulce de la longeva malvasía,
alzaré firme la copa de los días idos
para brindar por los castaños
sin el afán de verlos medrar,
y narraré historias increíbles
para quiénes las quieran escuchar
entre el crujir de mis recuerdos.

Recorreré el Mundo
en la parca compañía de mis piernas,
cosiendo los retales
con los que distingo el andar vecino,
no siendo ni lamento ni quejido,
solo eslabón de sonrisas,
silencio y sonido regalados
sobre una alegría de teselas.

Cuando le cante al aire canciones insonoras
se abrirá por momentos en mi pecho
un manantial de interrogantes,
un cruce hirsuto de sonidos
y apóstrofe acostado
ante el semblante de los tiempos,
metamorfosis de toda la lentitud
custodiada en un reloj de arena,
un minuto para la vida
y una hora entre el roce de las voces
que me narran en la sombra mansedumbre.

Me distraeré entre las abubillas y el romero
haciéndole gestos a los Soles inauditos,
buscando conocer,
excavando con el cuenco de mis dedos
hoyos en las fincas lejanas,
hurgando en el río de las garzas pacientes.

Naceré cada amanecer,
viviré cada día,
por veces rodeado por el sopor de la duda,
muchas otras en la fe al encontrar en los badenes
las flores salvajes como resorte marginal de luz.

Viviré atento para despistarme,
para perderme escuchando la canción de un grillo,
o para encontrar entre las zarzas
dónde se aposentan las luciérnagas,
viviré para lo ligero y lo constante
de no sentir tenazas aferrándome las uñas,
observado por los vecinos
de los parajes de las altas amapolas.

Para la vejez que se me anuncia,
clara entre laureles y paredes claras,
pediré la libertad de ser un niño
de manos ardientes para sanar la Luna,
la sabiduría de no saber nada
para sentirlo todo,
una azada mellada con la que sembrar de vida
un jardín menudo de aguas y de juegos,
un bosque de tulipanes para dormir entre colores
con los que separar el Cielo
de sus viejas hojarascas,
la paciencia sobre mi frente ajada,
abierta a la sonrisa de todas las verdades,
y unos pies ligeros con los que recorrer
las cuestas tardías que me lleven a la meta.









3 comentarios:

  1. Sencillamente extraordinario José Manuel. Dejarse llevar, sentir, gozar y experimentar los momentos, vivir con intensidad y disfrute en ese tiempo en que ya entramos en la edad madura. Me ha encantado querido amigo.

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  2. Notable, sencillamente genial.
    Me ha impresionado la belleza de las letras derramada...
    "POESÍA"...Gracias...

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    1. Gracias por acercarte a mis versos, por leerme, y por sentirlos. Creo en la poesía cuando nace del alma y se vierte en sinceridad. Un cálido abrazo desde Galicia, España.

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