martes, 11 de julio de 2017

CALLA EL JUGLAR


Hoy desciende de su pedestal el trovador.

Contempla la angustia de la plaza
afinada por el pasado de sus cuerdas.

Deja a su espalda la rabia de la soledad,
esconde entre las piedras
un permiso dorado para sus canciones,
pero su laúd se calla,
se conforma con no sonar
para disiparse como palabra permanente,
para ser rayo de los siglos
o presente contemplativo de su púa.

Sabe que para conocer respuestas
no ha de inventar preguntas,
sabe del tono en fuga de unas rimas,
no le pone nombre a las ausencias,
no se lastima en las madrugadas
con la furia de los días cercados de mentiras.

No quedan flechas que lo puedan herir,
no es abismo;
todo se vuelve inmenso en su mirada,
todo lo atraviesa el tallado de sus párpados.

Abandona el bardo sobre las losas
sus pasos sigilosos,
apagados y cargados de armonías.

Mira la penuria de los cuerpos
contraídos de arrogancia,
la infección de los que duermen sin soñar.

Ve los zapatos raídos,
escasos tras un millón de pasos,
ocultos entre olivos furtivos de cristal,
perseguidos por las voces espúreas
a través de los atajos,
atravesados como sus rostros
por arrugas incontables dañadas por la ira.

A su lado resbalan los viñedos
que ninguna mano ha sanado con la poda
y no tienen previsión de donar fruto.

Se detiene en ese instante
donde el dolor flota cercano
y el desasosiego ronda su frente,
donde apenas sin saberlo
se respira la pereza de los pensamientos,
donde claman a su lado
soledades de almas en urgencia,
y los espejos devuelven
el reflejo de esos rasgos en los suyos,
sus dudas en las suyas,
la muerte y vida interrogando los tejados,
las sentencias de animales cuerdos
como cuerdas del laúd
sin calma ni sosiego.





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