miércoles, 27 de septiembre de 2017

VÍA ESTRECHA

                     
Qué sencillo nos parece recoger
en esta fúnebre estación de vida
algún billete de ida para el tren
que nos hacine cual rehenes en vagones
sin margen de maniobra,
sin querer saber ni conocer el nombre
de quién enloquecido lo pilota
rigiendo la derrota del saber.

Aposentamos nuestras nalgas
vueltos números en asientos de primera,
de segunda,
de tercera,
conformistas aceptamos el destino,
cobardes vemos resbalar paisajes
sin soñar siquiera
con detener la máquina y apearnos
y hacer real en nuestros pies
lo que entonan nuestros iris.

Burlamos en este viaje y a hurtadillas
el reflejo de nuestro rostro ante el cristal,
nos observamos de reojo,
pidiendo no asustar nuestra torpeza
al sentir el palpitar sobre las vías.

La altiva mugre desgasta nuestro vidrio,
prisma velado para nuestra obcecación,
nos aturden los sonidos
de mentes caídas en los fosos
y en la demencia de absurdas conjeturas.

La oscuridad absorbente del asfalto
nos devuelve a la tempestad
hasta lograr que escuezan nuestros hombros,
ausencia de luz
que evapora los claveles
entre la prisa y el ácido de este panal.

Mientras,
seguimos patinando,
continuamos calzados con el hielo,
cantando a viva voz
nuestros himnos inconclusos,
deshojados en las luces de la noche,
recolectando las endrinas
paridas tras muros derrotados por el caos.

Nos hemos vuelto grises,
y no viajamos,
nos obligan a viajar
los maquinistas de la alegría turbia,
los que nutren su locomotora desbocada
con el combustible de lo fiero,
nos hemos vuelto ciegos para andar,
para admirar montaña y bosque,
y con los ojos planeando en las entrañas
anegar la pleamar.

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Tal vez si el ocaso entre los árboles
nos invitase a rebelarnos
nos volveríamos augures de las aves
y errabundos en segundos esparcidos,
sumándonos al horizonte
en el margen de este Finis Terrae
de buques de brisas cansadas,
sumergidos en el Sol que fallece,
distinguiendo en su agonía
los trazos de un pintor en su paleta
de mancha apasionada.

Orémosle entonces a la Luna renacida,
ladrona venturosa de las sombras,
mensajera audaz de los deseos,
alabemos el acaso del mar enrojecido,
pulso de aguas inocentes,
pues acaso el ocaso nos libere,
nos otorgue el don de profecías,
interprete nuestro afán de vuelos nobles,
pulso e impulso de vidas diferentes.

Creamos para poder crear
en cualquier Domingo adormecido
la deriva inteligente entre hileras de pisadas,
creemos para urdir entre las hiedras
habitaciones del encuentro,
y entonces las goteras de la amanecida
se harán río,
cualquier minuto neutro caerá,
rodando en los peldaños puros
reducidos a escombrera.

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Humanicemos los enjambres,
transmutemos las colmenas poderosas
que abaten la existencia que perdemos
con el olvido de nuestro origen,
en nuestro repudio del Diluvio,
en la distancia hacia las arenas
que somos y seremos.

Retornemos a la vida en el presente,
con la luz del despertar
sanando nuestros párpados heridos,
caminemos hacia las peñas de sonetos,
hacia las aguas,
hacia el desierto de las rimas,
avancemos hasta los montes ocultos
por la eternidad de su ventisca,
permitamos que la inercia nos devuelva
la constancia ante los ojos.

Cantemos entre los campos a la aurora
y al atardecer de aromas densos,
captemos lo nunca pronunciado.

Seamos de nuevo tacto,
olfato, gusto, oído y vista,
repasemos la lección del sentimiento,
olvidemos lo que acaba,
urjamos nuestros pies en leve paso,
breves en la brevedad de los caminos.

Volvamos a habitar sobre esta Tierra
con nuestra consciencia abierta,
seamos sin temor la libertad que vuela
sobre la libertad del Mundo.

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